Las olas se rompen allí donde la poeta canta

Lecturas con pátina

Las olas se rompen allí donde la poeta canta

Por J. Antonio Aspiros V.

 

            Podría pensarse que existe poco interés por la poesía en México, donde leer es un hábito propio de las minorías que optaron por tal privilegio, y sin embargo esa variante literaria tiene mucha capacidad de convocatoria tal vez porque todos hemos escrito versos alguna vez, hay amigos que lo hacen aún, y somos una raza con sensibilidad artística.

Y además, porque  los principales medios de información nos tienen al tanto de qué escriben y cómo son reconocidos los poetas, la publicación de libros de poesía es abundante, aunque marginal, y porque el de México es un territorio secularmente fértil en bardos: desde Nezahualcóyotl, hasta la más reciente obra presentada en público apenas el 28 de abril, Rompeolas.

Se trata de un trabajo cuya autora, como en el caso del monarca de Texcoco, se olvida un tanto de la rima y de la métrica, pero atiende apropiadamente esa necesaria concordancia de la forma con el fondo.

            Con siete libros de poesía y tres traducciones a otros idiomas, la poeta mexicana Laura Fernández MacGregor Masa recurre en su obra más reciente al género lírico y al verso libre, y eventualmente se permite licencias con el lenguaje poético tradicional para introducir voces muy francas e inusuales, lo cual se acomoda mejor a su temperamento y a su mensaje.

            Así surgen del numen de la poeta los 84 poemas que componen el libro, a los cuales dan un valor agregado 36 dibujos expresionistas -uno de ellos en la portada- del artista Gregorio González.

            En casi toda su poesía está la voz de la mujer que le habla al hombre, a veces ausente y en otras muy íntimo, cuyos respectivos recuerdos y vivencias despiertan apasionados sentimientos desde que, “encaramada / de manera precaria sobre / el rompeolas, / […] imaginé el choque de dos colosos / en nuestro ser: / carne y razón”.

            Así, se reconoce “ilusa” porque “sabiendo bien que todo cambia”, pensó “que serías la excepción”; llora con amargura su hallazgo cuando “Clavada en tu belleza no escudriñé / si habría algo más en ti”; confiesa que “Al gozar / supe que aún soy /capaz de amar”, y que la pasión… “se desborda / y cimbro”. Cimbrar, es un verbo recurrente en su obra.

            Habla también, con una lograda mezcla de toques místicos y materiales del retorno de su espíritu “al ‘principio de todo’, del que vino…”; con humor reprocha al hombre ridículo que seguirá siendo “el mismo viejo verde”, y -en contraste con el condenado a muerte- le reclama al que se fue: “me condenaste /  a vida”. Y, en fin, acepta “que experiencia / dista mucho de sapiencia. / Frustrada reconozco / mi soberbia”.

            En su poema ‘Perro guardián’ advierte al que pide volver, que sí lo acepta, pero que se cuide, pues si bien le dio lo mejor de ella, “Lo peor queda en alerta”.

            Aun cuando la obra está dedicada principalmente a las inquietes íntimas, algunos poemas refieren la muerte de una mascota o de una persona, otro alude al niño de un amigo, y unos más nos recuerdan los poemínimos de Efraín Huerta, como los titulados ‘Dime de qué presumes…’ y ‘Merolico’..

            Con ‘Gloria’ cierra -gloriosamente- los temas del desamor y el erotismo, pues considera que la “expresión excelsa” de la cópula es “una sensación tan eximia” regalada por Dios a la humanidad, que no hay culpas en su goce, sino una exaltación de la gloria divina.

Al final del libro tienen oportuna cabida dos poemas que se mueven entre lo épico y lo dramático, dedicados a México con motivo de sus aniversarios de 2010. En uno de ellos, ‘Patria mía’, la autora denuncia, “sin coartar las opiniones libres”,  a las “voces traidoras” que aún se escuchan, y dice que “Espero con fervor, no caer / en las guerras fratricidas / de otros mundos”.

Mientras que, en ‘El grito’, juzga cómo se encuentra el país a doscientos años de la independencia y cien de la revolución: “No hay palabras que expresen el enorme / desaliento, la frustración, la impotencia / que embarga a todo el pueblo”. “¡El panorama espanta!”, comenta, y aunque las olas se rompen allí donde la poeta canta, no hay versos que alcancen para mitigar el fuerte oleaje nacional.

 

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