LOS DICHOS Y LOS HECHOS

El miércoles de la semana pasada México vivió el tercer día más violento del sexenio; 86 víctimas en diez estados de la República ultimadas, disueltas en ácido, desmembradas y colgadas vivas para dispararles a la distancia mientras clamaban auxilio, fueron las monstruosas variantes del horror que insiste en convertirse en costumbre y amenaza con seguir extendiéndose por la geografía nacional. Jornadas como esa son un llamado de atención sobre la violencia y las acciones que se requieren para abatirla.

   Con el propósito de desarticular las organizaciones criminales y erradicar el tráfico de drogas, las autoridades federales han implementado una estrategia de choque con cuestionables resultados que ha levantando una nube de agresiones que con inaceptable frecuencia cobra vidas inocentes.

   Ya es tiempo de que el Ejecutivo se percate de que mientras su estrategia no sea complementada del otro lado de la frontera, por el abatimiento de la demanda de drogas del mercado norteamericano y de la oferta de los vendedores de armas que abastecen a las organizaciones criminales mexicanas, no logrará más que como hasta ahora: fragmentar los grupos narcotraficantes, dejando pocas organizaciones pero cada vez más poderosas financieramente, y más peligrosas dada su creciente capacidad de fuego, encargadas de surtir el jugoso mercado del vecino del norte, y muchas de menor envergadura, que se dispersarán, expandiendo la violencia, con el consecuente incremento de “daños colaterales”.

   Estamos en un momento en el que las autoridades mexicanas deben entender que, sin renunciar al cumplimiento de su obligación de hacer que prevalezca el imperio de la Ley, que incluye cuidar la vida y proteger los bienes de las personas, resulta necesario disminuir la violencia en nuestras calles, para lo cual bien valdría la pena pasar de la estrategia implementada a otra. Una que no sólo busque combatir el crimen, sino disminuir la violencia asociada a él; que con el uso adecuado de la inteligencia, establezca prioridades para concentrar en ellas capacidades y recursos; y no sólo busque castigar, sino modificar el comportamiento criminal. Una estrategia que más que sustituir, complemente la que ahora está en operación.

   Si parece imposible imaginar un país sin delitos, no parece utópico desear un México con mucha menos violencia criminal; a esto hay que aspirar y en ello hay que trabajar todos juntos.

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