Entrevista con Luis Humberto Crosthwaite*

“La única respuesta es que no hay respuestas”

Entrevista con Luis Humberto Crosthwaite*

 por Ariel Ruiz Mondragón

La embestida de la delincuencia en el país ha dado paso no sólo a trabajos periodísticos, sino también a obras literarias que expresan, a través de la imaginación y el realismo, aspectos de ese fenómeno social. Entre éstas destaca la reciente novela de Luis Humberto Crosthwaite, Tijuana: crimen y olvido (México, Tusquets, 2010), en la que, a través de la ficción, un personaje se da a la tarea de reconstruir la vida de un par de periodistas desaparecidos, Magda Gilbert y Juan Antonio Mendívil, quienes cruzaron la línea de los prohibido por el crimen organizado. Éste se encuentra magistralmente retratado en el personaje de un policía estadunidense, Edén Flores, quien maneja los hilos invisibles del poder, de la vida y de la muerte.

Con Crosthwaite (Tijuana, 1962), quien es ya uno de los principales narradores el México, contemporáneo, sostuvimos la siguiente conversación.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro con el tema de un par de periodistas desparecidos? Como se señala al principio en boca de Élmer Mendoza, ya parece que los atentados contra periodistas son un lugar común hasta cursi.

Luis Humberto Crosthwaite (LHC): Se escriben muchas novelas sobre el narco, pero una veta muy preocupante y poco explorada es la desaparición de periodistas y su muerte por lo que escriben. La mía no es una narconovela, como las llaman ahora, porque no tiende a hacer esa exaltación de la violencia que hacen los corridos y otros libros. De hecho, suceden muy pocos hechos violentos en mi libro: no hay grandes balaceras, ni ves a los grandes protagonistas del narcotráfico. Pero sí ves a los periodistas y el temor que se manifiesta en la gente, lo que me parece que era un tema que no se había tratado a nivel ficción y creo que hasta de no ficción; creo que es un tema muy interesante que da mucho más que lo que aparece en este libro.

AR: Aunque no haya muchos hechos violentos, creo que el contexto en el que se desenvuelve la historia sí es violento, ¿no te parece?

LHC: Hay un contexto de violencia, pero está vista como la ve una persona común. El libro genera muchas interrogantes que no son respondidas, y finalmente nosotros, los ciudadanos, no tenemos acceso a las respuestas de las dudas que se nos presentan, como la violencia misma. No sabemos qué hay detrás de ésta.

El libro pretende solidarizarse con la persona común, y no responder a estas dudas, sino simplemente dar elementos para que cada quien arme el rompecabezas y llegue a las conclusiones que quiera.

AR: Como dice Magda, uno de los personajes principales.

LHC: Sí: la única respuesta es que no hay respuestas. Y pues podemos ver cuántos casos de periodistas asesinados se han resuelto, vamos a contarlos. Imagínate que los crímenes de gente conocida no se resuelven, pues mucho menos tantos otros crímenes que suceden.

AR: ¿Cómo te sirvió tu experiencia de periodista en San Diego para realizar esta ficción? Justamente otro personaje de la novela, Juan Antonio Mendívil, es un periodista de aquella ciudad.

LHC: Fue importantísima la experiencia que yo tenía de escribir, investigar, editar y leer muchísimo para la forma o estructura del libro. Al trabajar en la prensa de Estados Unidos, y al conocer mucha gente que me contaba sus experiencias de cómo se trabaja en el periodismo en México, he pensado que, de alguna manera, hay un choque de opiniones acerca de la forma en que se hace el periodismo. Éste, en Estados Unidos, suele ser muy estructurado, con requisitos muy duros a veces; en México a veces es mucho más laxo, y como que hay segundas intenciones en lo que se escribe, y que van mucho más allá de la nota misma. Allá sólo a nivel opinión puedes ver eso, porque un reportero tiene que cumplir requisitos específicos. Yo creo que la opinión que tienen en Estados Unidos de la prensa en México no ha variado en los últimos 100 años: para empezar, que lo que se hace en nuestro país no es periodismo.

Esto yo lo quise contraponer en dos personajes, uno en Estados Unidos y otro en Tijuana, y relacionarlos de tal manera que ellos mismos tuvieran ese choque de opiniones.

AR: ¿Cuáles fueron tus modelos reales para la creación de algunos personajes y elementos que aparecen en la novela? A mí me parecen claras las referencias al semanario Zeta, a Jesús Blancornelas, y alguna evocación de aquel narcojunior apodado El Tiburón.

LHC: La novela está plagada de elementos reales, tomados de la noticia o de mi experiencia propia. Mi personaje Samuel Ordóñez es importantísimo en el libro, porque es la base, y si vas a escribir sobre las amenazas que el crimen organizado ejerce sobre el periodismo, pues la base principal van a ser Blancornelas y Zeta. Yo tuve la fortuna de conocerlo, de haber charlado con él, me respetaba y yo lo admiraba muchísimo. La relación entre Ordóñez y Magda en el libro es la relación mía con don Jesús.

De alguna manera me siento mucho más cercano a Magda, aunque hay también muchos elementos de Juan que son míos; éste a mí me molesta, ya que, aunque lo que le sucede en su encuentro con el policía estadunidense es muy interesante, como persona me parece como muy atascado, sin un fin claro, que vive un atorón como tantas personas. Bueno, pues en un momento yo me sentí así y pues también lo puse de esa manera. Pero me desagrada que le suceda eso.

En cambio, Magda es la energía, y si siente que tiene un problema, inmediatamente lo quiere solucionar. Es la espontaneidad.

AR: Otro asunto que aparece mencionado dos o tres veces en la novela es el de la supuesta protección que dan editores y directivos de periódicos a los reporteros, especialmente los que se dedican al narco. ¿Tú consideras que haya alguna política real en ese sentido?

LHC: A mí me parece que lo que el directivo busca es vender. No sé si haya un solo medio de comunicación que se salve de esto, pero yo creo que no. Lo que sí se ejerce desde arriba es la ética profesional, la manera en que tú te le acercas cuando ejerces el periodismo.

Empecé a notar lo que generalmente dicen los editores cuando muere un periodista que está a su cargo: “Yo les advertí que no siguieran por allí” o “Ellos me decían que no se sentían en peligro”. Me puse a analizar esas respuestas, que se repiten en distintos casos, y he pensado que finalmente el editor decide, por ejemplo, si el reportero investiga, y puede hacerlo en casos muy peligrosos, pero finalmente es él quien decide lo que se publica. A diferencia del reportero, el editor lo puede hacer fríamente desde su escritorio; el reportero anda en la calle, muchas veces impulsado por la adrenalina, por la competencia, por la necesidad de recabar información, la que quiere ganarle a otros, y entonces va a sacar datos que muchas veces pueden poner en riesgo su vida. Pero esto es algo que se puede contemplar objetivamente desde un escritorio y tomar una decisión: vamos a proteger al reportero, y lo vamos a hacer al no poner poniendo su nombre en la nota, y también al no señalar gente o publicar fotos que podrían dañarlo. Digamos que esto me parecería a mí mucho más importante que vender miles de periódicos —porque sabemos que el morbo vende.

En Tijuana, el periódico Frontera tenía un cintillo con los nombres de todos los muertos en el momento más álgido de la violencia en la ciudad. Esa franja de la muerte aparecía todos los días, y a mí me impresionaba mucho. Pero empezaron a cambiar los nombres de los reporteros o a quitarlos totalmente. Pero esto realmente no tiene ningún sentido, porque en la calle se sabe quiénes son, y si alguien, como un narcotraficante, se siente ofendido por lo que se publicó, pues nada más tiene que hacer dos o tres preguntas para saber quién lo escribió. Y se sabe.

Entonces, ¿de qué manera protegerlos? La única es ejercer la autocensura, y tener que llegar a esto es un asunto muy grave. Sin embargo en el país, al no tener ningún tipo de seguridad para salvaguardar la vida de estas personas que andan en la calle, pues no hay de otra. Aunque también hay que utilizarla para criticar al sistema que no está funcionando.

A mí me parece que se deben tomar medidas de prevención fuertes y grandes, porque esto de los periodistas muertos va a seguir sucediendo, y los editores van a dar las mismas respuestas. Es algo que no está suficientemente analizado, porque generalmente el editor es víctima también, es el padre que perdió a un hijo. Sí, ¿pero bajo qué circunstancias? Habría que preguntarles. De igual que las muertes de las personas “X” que caen en la orilla de la ciudad, no se le da seguimiento a lo que fue la vida de los reporteros. Me cuesta mucho trabajo pensar que por un salario bajo, uno arriesgue su vida, y sobre todo si tienes familia. Esto me parece hasta absurdo.

Yo no veo a los periodistas como los héroes caídos en esta guerra contra el narcotráfico. Más bien los hallo como un elemento inexplicable dentro de los sucesos trágicos.

AR: En la novela se habla de cuando “se cruza la línea”, cuando los periodistas se ponen en peligro por difundir cierta información. ¿No te parece que esa línea es ya muy estrecha?

LHC: Es que no se puede saber realmente, y esa es la dificultad del propio editor: muy bien, aquí se está mencionando algo que ningún otro periódico ha dado a conocer, ¿qué tan peligroso puede ser? Quién sabe. Generalmente los periodistas son amenazados cuando ya están dando pasos en el fango, reciben advertencias, y es rarísimo continuar. Si a alguien le balean un carro, ¿por qué sigues escribiendo sobre algún asunto? Mejor escribe sobre deportes.

AR: ¿La novela también puede ser leída como un capítulo más de la vasta disputa entre la memoria y el olvido, entre la justicia y la impunidad?

LHC: Sí. Somos una sociedad que olvida con mucha facilidad. Me parece que estamos incluso en peligro de verlo en las próximas elecciones presidenciales. De repente nuestro olvido se va a hacer manifiesto de una manera categórica.

No tenemos mucha conciencia de la historia. El olvido, de la manera como yo lo estoy utilizando, es una forma de evasión, la que, en el caso de Juan, es una evasión de sus tragedias personales; pero también se trata de una evasión más generalizada acerca de lo que está sucediendo no sólo en el norte del país, sino en todo México. Uno prefiere ignorar los eventos trágicos que suceden a su alrededor, y prefieres marcar una línea, hacer una frontera que te separe de eso.

Si ves un hecho trágico en una calle, vas a querer evadirlo y olvidarlo lo más pronto, porque no quieres aceptar que esa es parte de tu realidad y buscarás la manera de alejarlo. Esa es la función del olvido en mi libro; es decir, el olvido no sólo de las tragedias personales, sino también generalizado. Nos olvidamos de nuestra historia, de mucho de lo que sucede a nuestro alrededor y tendemos a cometer los mismos errores, ahora sí que como diría José Alfredo Jiménez. Nosotros somos el país que tropieza siempre con la misma piedra.

AR: Forma parte central del relato un siniestro personaje que personifica la maldad, Edén Flores, en cuyas manos parece estar el destino del resto de los personajes. En este sentido, ¿la novela no refleja también la incertidumbre que genera la sensación de estar bajo la vigilancia y el control velado e ilegal del crimen organizado?

LHC: Sí, claro. Edén Flores es un personaje ominoso porque parece estar en todas partes; en un momento dado yo me dije: “¡Caray! Es como el diablo”. Siempre planea cosas malas para jugar con el destino de las situaciones en que viven las personas. Pero también no está tan alejado del gobierno mismo, que trata de controlar el comportamiento de la sociedad, como para tener, de alguna manera, todo amarrado.

A diferencia de Mendívil, Edén Flores me encanta, porque es un personaje de muchas posibilidades. Al final él mismo se considera prácticamente el gran siniestro de la historia, y dice: “¿Saben qué? Yo controlo absolutamente todo y nadie lo sabe”. Entonces dices: “¿Pues quién es?” O sea que arriba de todos los políticos, de todos los cárteles, resulta que hay una sola persona que maneja todo, y que ni aquellos lo saben.

Entonces las posibilidades de este personaje me tiene encantado, y definitivamente tengo ganas de retomarlo.

Flores es un policía de Estados Unidos, y eso es importante, porque generalmente se habla mucho de la corrupción en México, y el personaje te da elementos para que se vea que la policía estadunidense es igualmente corrupta.

AR: Y es un libro que relata pérdidas, que van desde lo individual hasta lo social, personajes que se pierden en la memoria.

LHC: Tienes buena lectura del libro. Es un libro que yo manejé a distintos niveles y planos, y lo hice también a través de distintas épocas. Me fui obsesionando por temas específicos, y hacía que el libro los englobara a todos. En ese sentido la novela es un poliedro, y entonces tiene muchas caras —tú has notado varias de ellas—, y una es la pérdida, que es importantísima en el libro.

Lo que pasa es que yo no puedo concebir una literatura en donde los personajes no sufran de una manera similar a como sufren los individuos comunes; de otra manera me parecerían como plastificados. De repente, por ejemplo, en el género policiaco tiendes a ver estos detectives a los que no les sucede nada, el típico detective cínico, que a mí ya me aburre mucho porque ya se hizo en los años treinta, y todavía lo hacen ahora. O los personajes acartonados, como las mujeres que siempre tienen que ser voluptuosas, y esa no es la realidad. Esa es una fantasía de evasión muy interesante, pero no es el tipo de escritura que a mí me gusta leer. Me gustan personajes que tengan conciencia, que traten de acertar en sus pasos, pero que fracasen muchas veces, y me parece que es la historia de la humanidad: seguimos tropezando con las mismas piedras, y eso también quiero que lo muestre el libro. Entonces, por eso allí están esas pérdidas, esas derrotas.

AR: ¿Qué te parece la narrativa que ha salido en los últimos años sobre el narcotráfico?

LHC: Me parece que, como fenómeno social, todos los efectos del narcotráfico deben de registrarse, se debe escribir sobre ellos. Da la casualidad de que no ha habido una novela fundamental, y si la hay, nadie lo va a decir en este momento, y finalmente eso lo va a decidir el tiempo. Por ejemplo, éste decidió que Los de abajo fuera una de las grandes novelas de la revolución, pero en su tiempo no lo fue.

Aquí lo que hay que ver es cuáles libros van a sobrevivir. Yo he leído muy poca novela del narcotráfico, porque es imposible leerla toda; ahora las editoriales invierten mucho para que publicar este tipo de libros porque se han dado cuenta que venden, y mientras lo hagan, se van a seguir escribiendo. Las obras de calidad, que tengan algo qué decir, son las que sobreviven. Mientras tanto, yo no le hallo ningún problema a que se sigan generando, así como se produce el Libro vaquero o las novelas románticas. ¿Cuál es el problema?

Yo veo que a mucha gente le ofende que se siga escribiendo sobre esto; pero, ¿por qué? Cada quién su cabeza, y mientras encuentren lectores, pues allí están los libros.

*Entrevista publicada en M Semanal, núm. 682, 22 de noviembre de 2010. Reproducido con permiso de la directora.

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