Elba y Felipe

Por los caminos de Sancho

 

Renward García Medrano

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Elba y Felipe

Si no hubiera sido por el pacto con Elba Esther Gordillo, el candidato Felipe Calderón no hubiera ganado las elecciones, el presidente sería Andrés Manuel López Obrador, no habría guerra contra el narcotráfico, al menos en las condiciones en que la hay, y la historia y perspectiva política del país serían otras.

No sé cuántos votos puede aportar la señora Gordillo indistintamente a un candidato u otro, pero bastaría con que hubiese contribuido con la mitad de los votos de los maestros afiliados al SNTE para que Calderón hubiera alcanzado la ventaja de 0.67 por ciento sobre el tabasqueño o, dicho de otro modo, sin esos votos, el candidato panista habría sido derrotado tal vez por dos o tres puntos porcentuales de diferencia.

La alianza, según declaraciones de la profesora, implicó la cesión de varios cargos importantes para los colaboradores cercanos de ella, incluyendo la Dirección General del ISSSTE que ocupó Miguel Ángel Yunes Linares hasta que la dejó para buscar la gubernatura de su estado natal, Veracruz.

Por lo visto, Calderón y Gordillo entendieron de manera distinta el alcance de su pacto, pues una vez que se retiraron sus recomendados, cada uno por sus propios motivos, el presidente no designó a otros allegados a la profesora sino a personajes más confiables para él y su partido.

Hasta hace algunas semanas parecía que la buena relación sobrevivía a estos avatares burocráticos, al grado de que Elba Esther hizo un reconocimiento amplio al apoyo del presidente a los maestros, a propósito de programas como la carrera magisterial que ambas partes presentaron como la solución para elevar la calidad de la educación, que está en ruinas.

Pero algo pasó que lo echó todo a perder. Según el columnista Salvador García Soto, en Los Pinos se habría armado un expediente contra Gordillo, con la idea de darle un “quinazo”, tal vez como parte de la exhibición de viejos priistas enriquecidos y enquistados en el poder, y Elba Esther cumple con ese perfil aunque no pertenezca al PRI desde su pleito con Roberto Madrazo.

La conferencia de medios inusitadamente larga que ofreció hace una semana habría sido una “vacuna” contra esos afanes, según García Soto, pues después de admitir públicamente el pacto político con Calderón, una acción en su contra sería entendida como un acto de venganza, no de justicia. Pero surgió un factor quizás inesperado: Miguel Ángel Yunes hizo graves acusaciones públicas a la profesora, como la de haberle pedido que el ISSSTE aportara 20 millones de pesos mensuales para el PANAL.

Yunes no tiene fama de ser un ex servidor público probo que vive de su salario; sin embargo, el reto a la profesora Gordillo para que se practiquen auditorías al SNTE, a un fondo para el retiro de los maestros y a sus finanzas personales, es una jugada mayor, sobre todo si se piensa que para Yunes tal vez no sea muy fácil explicar a los auditores el origen de su fortuna.

Nada de lo que ha salido a la luz sobre este vodevil político es nuevo, excepto porque dos de sus protagonistas han hecho declaraciones inusualmente directas y fuertes. Lo que no queda claro es con quién se está enfrentando la profesora Gordillo, si con Yunes, que no obstante su talante rijoso no come lumbre, o con el presidente Calderón, que según la versión antes citada habría cuando menos considerado a Elba Esther como candidata para un espectacular “quinazo”.

Se rumorea que Yunes habría sido parte del plan para derrocar y quizá llevar a prisión a Elba Esther, y si eso fuera cierto, explicaría tanto las acusaciones de la líder magisterial contra su antiguo protegido como las de éste contra su otrora protectora.

No sé si a raíz del intercambio de lodo el gobierno panista optará por borrar de la lista de los sacrificios a la profesora o aprovechará la confusión para meter a la PGR en el asunto. Cualquiera que sea la decisión, deberá tener en cuenta que Elba Esther Gordillo es quizá la única líder del viejo corporativismo sindical que tiene una fuerza política autónoma considerable.

La maquinaria sindical del SNTE funciona con enorme eficiencia, porque desde que Elba fue recomendada por Manuel Camacho y designada por el presidente Carlos Salinas para sustituir a Carlos Jonguitud Barrios, empezó a construir una poderosa y disciplinada telaraña operativa dentro del sindicato, que tiene presencia en todos los rincones del país.

Pero la principal malla protectora de la maestra no es esa poderosa estructura de control, sino el apoyo efectivo de una cantidad considerable de maestros de grupo que bajo su liderazgo han obtenido aumentos salariales, prestaciones y privilegios que no soñaron en el pasado.

En esta pinza –disciplina de los operadores y apoyo de las bases– radica el secreto de la fuerza sindical autónoma de la señora. Por eso puede negociar con los gobiernos federal y estatales y con los candidatos a cualquier puesto público desde una posición de fuerza: ella ofrece apoyo electoral o estabilidad política en un estado o en el país, y recibe a cambio sustanciales ventajas para el gremio, privilegios para los operadores más eficaces y leales y su ratificación como factor político decisivo.

La lógica de la profesora me recuerda la máxima de Gonzalo N. Santos, el cacique de San Luis Potosí, cuyo poder se debía a que hacía creer a todos en su tierra que su influencia ante el presidente era mucho mayor que la real, y hacía creer al presidente que tenía más control sobre los potosinos que el que en efecto ejercía.

El poder de negociación de Gordillo ante el Gobierno Federal y los gobiernos estatales refuerza su control de la estructura sindical y de los maestros frente al grupo, y este control refuerza su capacidad de negociación ante las instancias políticas.

Por eso me parece que si el gobierno ha entrado en una dinámica de colisión con Elba Esther Gordillo, nos esperan días agitados y tal vez demostraciones magisteriales masivas, cuyo efecto final afectará adversamente el trabajo de las escuelas, con las consecuencias que ello implica para la preparación de los alumnos.

Quizá valdría la pena tomar el riesgo político si el eventual derrocamiento de Gordillo fuera el primer paso de una estrategia para rescatar el sistema educativo, que es fundamental en cualquiera de las opciones de desarrollo económico y social del país. Pero a la luz de la experiencia con el gobierno del presidente Calderón, me temo que su único referente es la rentabilidad electoral. Esta es una de las grandes tragedias nacionales.

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