Las encuestas y el espejo de la bruja de Blancanieves

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Las encuestas y el espejo de la bruja de Blancanieves

Por Abelardo Martín M.

A la gente de sentido común le parece raro, anormal y hasta chistoso, que los políticos requieran de encuestas para entender la realidad, es decir lo que ocurre en la calle.

Diputados, senadores, gobernadores, secretarios de Estado, líderes empresariales, religiosos y algunos dirigentes obreros “despachan” en los restaurantes de Polanco.

Entre Paseo de la Reforma, de Bucareli a Santa Fé (no vaya a pensarse que en Tlatelolco), y Polanco o Las Lomas, la clase gobernante, construye su “percepción” de la realidad del pueblo.

También de las síntesis y resúmenes de medios que se les prepara a lo largo del día para que estén al tanto de la “realidad nacional e internacional”.

La clase gobernante, especialmente los políticos y casi todos los funcionarios viven pendientes de las encuestas, estudios de opinión y análisis que adquieren siempre con recursos públicos.

Sobre sus resultados se construyen estrategias y prácticamente todas las acciones de gobierno; se establecen prioridades y se crean imágenes sacralizadas por sus propios protagonistas.

En el pasado había la creencia de que los líderes iban al frente de las multitudes. Hoy van atrás.

Si las encuestas dicen que deben cambiarse los semáforos tradicionales, los gobernantes y líderes harán lo posible por hacerlo pues así “complacen a la masa”, aunque se trate de una tontería o aberración.

Las encuestas y estudios de opinión se convirtieron en el espejo predilecto de los gobernantes, porque ahí les dicen como son percibidos por el pueblo.

La preocupación central es cuantos puntos van arriba o cuantos abajo, más allá de la eficacia de sus decisiones en términos de mejoramiento de las condiciones de vida, aprovechamiento de la capacidad de los gobernados y aumento de la felicidad.

Las encuestas son como brújulas para saber adónde está el Norte, aunque se han convertido en el timón del barco. Sobre sus hombros descansan todo tipo de decisiones, de sanciones y aprobaciones de una clase gobernante cada vez más preocupada de contemplarse a sí misma, mientras los gobernados observan sorprendidos el espectáculo de ópera bufa que se les presenta.

Los gobernantes van desnudos, en cueros, pero sus espejos les hacen sentir que visten finos ropajes y que gozan de la fama y el prestigio entre los gobernados.

Pero debe tenerse gran cuidado en la forma como se les dice, porque el darse cuenta de la realidad nada más porque si, sin decirles que son cada vez más famosos, puede resultarles traumático y enloquecer por el hecho de adquirir conciencia de que hace tiempo perdieron el pulso de la realidad y el ritmo de los acontecimientos.

Si así hubiera sido ya más de uno se hubiera colocado, como el pastor con su rebaño, al frente para indicar y señalar el rumbo. Pero eso equivale a poner los caballos delante de la carreta y falta mucho para que eso ocurra.

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