A UN AÑO…

A UN AÑO…

Por Teresa Gurza

            A un año del derrumbe de la mina San José en el Desierto de Atacama, los mineros rescatados por el gobierno chileno 69 días después, realizaron diversas ceremonias conmemorativas; pero casi todos advierten que no están bien de salud y que el encierro, y sobre todo la fama posterior, les hizo mucho mal.

            Durante los doce meses transcurridos, “los 33” fueron compadecidos y más tarde admirados por lo que pasaron y resistieron 700 metros bajo tierra.

            Pero después, les han llovido críticas por farandularizar los hechos, en lugar de aprovecharlos para ayudar a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores de las minas.

            Y de no hacer nada por las decenas de compañeros de la San José, que si bien no fueron enterrados por el monte están sepultados por deudas, porque con el cierre de la mina quedaron sin empleo y apenas les están pagando los finiquitos.

            A muchos de sus compatriotas les ha parecido mal que 31 de los 33 mineros hayan demandado por 16 millones de dólares al Estado chileno por presunta negligencia del Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin), al no fiscalizar las condiciones en que estaba el socavón, ni impedir que funcionara con tantas fallas de seguridad.

            Y pedido al gobierno chileno que los rescató sin escatimar recursos, pensiones vitalicias.

            Los 33 no han descartado demandar indemnizaciones a los dueños de la San José, Alejandro Bohn y Marcelo Kemeny, quienes según las investigaciones estaban al tanto de los peligros que corrían los hombres que laboraban para ellos.

            Muchos de los 33 han viajado y recibido homenajes y dinero; han sido centro de comidas y festejos, inaugurado exposiciones de cosas rescatadas de la mina y dado charlas de supervivencia, liderazgo y resistencia; han participado en actos religiosos ecuménicos y contado una y mil veces sus testimonios; han sido sujetos de reportajes internacionales, y sobre su historia se están haciendo una novela y dos películas.

            Sin embargo, su situación síquica, y en algunos casos la familiar, no han andado tan boyantes; casi la mitad está sin trabajo; tres o cuatro han abierto pequeños negocios de abarrotes o venta de frutas y verduras; y otros trabajan como pintores o albañiles; dos pasan el día haciendo mejoras en sus casas o viendo fotos de sus recientes viajes; dos más dan charlas motivacionales; uno es taxista; otro entrena niños para que sean futbolistas; y aunque casi todos sueñan con volver a trabajar en minas, sólo uno lo ha hecho.

            Y el boliviano Carlos Mamami regresó a su patria sólo para constatar que fue héroe por un día y que las ofertas de trabajo se hicieron humo, así que regresó a Chile de donde ya no piensa irse.

            De una o de otra manera, todos consideran que la fama intempestiva les hizo más mal que bien; que la excesiva exposición mediática les está pasando la cuenta; que los quieren más fuera que dentro de Chile; y que se piensa que están nadando en dinero, cuando lo cierto es que pasan apuros económicos y males físicos y sicológicos.

            “Interiormente nuestra vida es tan obscura como en la mina”, sostienen.

            El menor de ellos, Jimmy Sánchez de 20 años, dice que está “loco” y le tiene miedo a la oscuridad, a la noche; se siente también pésimo Víctor Zamora, quien dice querer desaparecer y no saber nada de los 33.

            Opina de modo semejante Richard Villarroel, quien es uno de los que más critica la asistencia de salud que les brindaron; “me siento encerrado en una mina, no en la misma, pero sigo atrapado”, declaró a El Mercurio.

            Y Jorge Galleguillos permanece tan angustiado, que no puede siquiera ver los videos del interior de la mina que utiliza en sus charlas.

            El encierro bajo tierra y la fama posterior causaron desajustes en sus familias y gatillaron divorcios y nuevos romances; hoy dos son novios de asistentes sociales municipales que los recibieron al salir del encierro; y otro sale con la hija de uno de sus compañeros.

            Y el famoso Yonny Barrios, cuya esposa se enteró que no era la única mujer de su vida cuando vio a la amante llorando afuera de la mina, se separó definitivamente; y vive ahora vendiendo empanadas con la que dice es su verdadero amor.

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FIN DEL ARTÍCULO. 719 PALABRAS.

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